
y su corazón comenzó a explotar
en sustancias extrañas,
vacío de golondrinas.
Miró a Lulú que, despreocupada, jugaba con el azar
y llenaba la habitación de páginas tornasoladas.
Adrián no pudo llorar,
su voz se fué en una pompa de jabón,
su pulso se extendió en los jazmines que habían en un jarrón...
Pensó que, tal vez, tendría que pintar
una poesía parda
o la sombra de Lulú,
algo que agotara el vidrio molido que flotaba en su café.
Comenzó a sudar.
Lulú lo miró y sacó la lengua.
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